domingo, 14 de junio de 2015




Dedicatoria
Este sencillo trabajo lo he escrito con el más profundo sentimiento de aprecio a mi compadre, amigo y confidente: Víctor Amador, como un modesto reconocimiento mío a su ardua y perdurable labor de muchos años. Para expresarle también, que nunca he conocido una persona con tan altos atributos de nobleza y honestidad. Homenaje que también hago extensivo a ese gremio de trabajadores de la construcción.

Víctor venía de una familia muy humilde, formada por la señora madre, un hermano y dos hermanas. Estudió hasta el quinto año de primaria y desde muy joven se vio en la necesidad de trabajar para ayudar a su familia.
Después de varios trabajos entró como ayudante de herrería en la cuadrilla del papá, de quien aprendió el oficio de herrero de edificios. Tenía entonces 18 años y desempeñó ese cargo durante 12 meses. Su primer trabajo como “oficial” lo realizó en Cementos del Caribe armando unos silos (en Barranquilla). Ganaba cinco pesos diarios.

Su primer edificio como ayudante fue el de Colseguros, ubicado en el Paseo de Bolívar con Cuartel, en Barranquilla; ya como oficial, fue el edificio de Colpatria. Con una experiencia sólida y gran responsabilidad en su oficio, empezaron a llegar trabajos de gran envergadura, como los edificios del Banco de La República y Seguros Bolívar en la avenida Murillo, edificio Parqueadero en la Calle 72 con carrera 58, edificio Scala, Super Ley, Papeles del Norte y muchos más.

Esa tarde, con algo de pereza, levantaba la mochila con sus herramientas y se la terciaba en el hombro, en silencio. Como siempre, quería pasar desapercibido en esos momentos, cada sábado.
-¡Ey! ¡Lucio! ¡El Mono ya se va!
Una vez más no pudo lograrlo.
-Oye, Mono, no te vayas. Hoy tienes que acompañarnos. Pilas viejo Víctor, no todo tiene que ser trabajo, además, la semana nos salió bien.
-Ustedes saben que yo no sé jugar buchácara, y además, tengo que pagar varias cosas.
-Pero le puedes hacer el cuarto en dominó al viejo Migue. Esos tipos del almacén son “marranos”, así que te tomas tus cervezas y no te gastarás mucho.


-Lucio tiene razón Mono- intervino Pacho, otro compañero de trabajo- cuando te vayas, le compras medio pollo a la vieja Mary y seguro que se va de aguante.
-Está bien, vamos.
Víctor era un tipo muy parco, si cuando estaba bueno y sano hablaba muy poco, con tragos difícilmente se le sacaban algunas palabras que pocos entendían. Pero era muy bueno jugando dominó y mucho mejor jugando al siglo, donde demostraba una velocidad mental para los números que muy pocos podían igualar. Y esa era una de las razones para que siempre lo invitaran a las farras sabatinas, porque era un seguro contra las clavijas de los meseros y los coimes. No importaba cuan ebrio estuviera o que tan larga y compleja fuera la cuenta, que él decía cuánto era y todos pagaban confiados.

Esa tarde le fue bien. En compañía del viejo Migue le ganaron diez partidos a tres a los del almacén, que realmente pasaron por “marranos”. Ya estaba bastante ebrio y sus compañeros en la mesa de buchácara también iban ganando, así que se tomo ahí varias cervezas a expensas de los perdedores. A las nueve de la noche tomó su mochila, compro el medio pollo y se marchó a su casa.

María, la compañera de Víctor, era una mujer de un carisma especial, que irradiaba simpatía continuamente y con todo el mundo; muy pocas veces se le veía de mal humor. Por eso sus vecinos, jóvenes y adultos, gustaban de charlar con ella y la visitaban constantemente.
-Mary como estás ¿Y Víctor, no ha llegado?
-Ajá vecina. No, no ha llegado. Debe estar sacándose el cansancio de la semana.
-Abre el ojo Mary que te van a quitar al Mono.
-Humm, allá él. Si no puede con mochilita, menos con mochilón.
No, no eran precisamente los celos lo que inquietaba a María, era el temor de un atraco o que perdiera la plata lo que le preocupaba de su marido.

Víctor llegó a las diez de la noche, entró erguido tratando de mantener el equilibrio y no hacer tan patética la “pea” que traía. Saludó, descargó su mochila de trabajo y se sentó en el comedor. A pesar del disgusto, y como siempre lo hacía, su María le atendió con su comida.
Nunca habían sostenido un altercado fuera de la alcoba que no fuera por cosas triviales. Siempre habían vivido acompañados por la familia de algunas de las hijas de ella. Tal vez por eso siempre discutían en su cuarto y en silencio, o sea, a físico “puño molió”, de ahí que nadie se enterara de nada.

Había sido una semana dura. Ese trabajo lo hacen tres cuadrillas: Los herreros van armando las parrillas de hierro para las columnas y pisos, amarrando las varillas con alambre que deben apretar y ajustar con pinzas o clavos; luego vienen los carpinteros y hacen las cajas de madera y posteriormente los albañiles hacen el vaciado con el cemento.
La labor comienza cada mañana a las 7 am y termina a las 5 pm, con el descanso para el almuerzo, lógicamente. De lunes a sábado. Empiezan con el sofocante calor por estar varios metros bajo tierra, iniciando los cimientos pero con el entusiasmo de un trabajo nuevo y llenos de esperanzas, con muchas ilusiones para sus hogares, para sus familias. Así poco a poco, piso tras piso, la imponente mole de concreto se yergue como tratando de rasgar el firmamento cual Torre de Babel.

La suave brisa matinal ha desaparecido y ahora el inclemente sol tropical hiere la piel del herrero. Víctor recuerda que lleva mucho tiempo agachado. Hace un alto y se levanta para secarse el sudor que baña su rostro y enderezar sus discos lumbares que amenazan con quedarse pegados, como los discos de su viejo equipo de sonido. Observa a su alrededor y allá en el horizonte divisa el río Magdalena serpenteando para llegar a su destino en los “tajamares de Bocas de Ceniza, cuchillada del río sobre el mar”. Realmente estaban bastante elevados y eso le recuerda que el final de esa labor también está próximo.

Pocas veces quedaba tiempo para charlar porque el trabajo apremiaba, y además, había que andar con cuidado ya que el peligro acechaba. Siempre guardó prudencia y los problemas de la casa procuraba dejarlos en el primer piso, o hubiera terminado como su amigo Lucio en el edificio El Parqueadero, para quien esa fue su última obra al caer desde el último piso, o como su compañero Wilson, que quedó con una pierna 20 centímetros más corta que la otra al caer de un sexto piso.

En la mañana del domingo, el enojo de María había desaparecido, no sólo porque Víctor sacó una buena semana con la ayuda de algunas horas extras, sino porque ahora le tocaba sacar pecho. Había llegado la hora de la venganza.
Desde las cuatro de la tarde del sábado, hora en que los cobradores sabían que su marido ya estaría en su casa, comenzaban a llegar y María tenía que torearlos: el del tanque de plástico, el de la sábana, el del frasco de vitaminas, el del trapero, el del pescado, el vale de la tienda y otros.

«Ahora le bajaré la altanería a estos cachacos» pensaba. Tomó su mecedora y se sentó cerca de la puerta a esperar a sus acreedores. No tuvo que esperar mucho.
-¿Llegó el hombre?- preguntó el primero de ellos en llegar.
-Diga buenos días, que eso no duele. ¿Cuánto le debo?
-Con la de hoy son tres cuotas.
-¡Toma, te pago dos!
-Como así, si usted dijo que hoy se ponía al día.
-Bueno, no te pongas pesado, da gracias a que saliste favorecido. Si te pones grosero no entras al sorteo del próximo sábado.

Era domingo y realmente era un día de fiesta. A pesar del guayabo, Víctor dejaba asomar una pequeña satisfacción en su rostro; durante esas 24 horas era el rey, sin corona, pero lo era. Ese día podía desayunar despacio y viendo televisión: yuca cocida con bastante guiso, dos torrejas de salchichón o una mojarrita. Una torreja de queso bastante transparente y un vaso de jugo de naranja con mucho hielo picado, que daban el toque distintivo del domingo.

Su querida Mary también mostraba satisfacción, al menos esa semana sus “culebras” se aquietarían un poco. Como siempre, en esas ocasiones, no se sentó en la mesa del comedor, se quedó en la cocina sentada en un banco. Ella sabía por qué lo hacía. Víctor también lo sabía, pero jamás dijo algo al respecto. Desde su silla en el comedor la observaba y se preguntaba -¿Cuándo será el día que estemos solos y ella pueda disfrutar sola lo que le traigo? Seguro que no le quedó mayor cosa para desayunar, todo lo repartió, hasta el “paracaídas” que le traje anoche.

Esas apariciones en los días de pago era una inveterada costumbre de las hijas de María, que muy pocas veces aportaban algo. De todas formas, entre risas, regaños y reclamos, María pasaba un día diferente.
Después del desayuno, Víctor recibía algún encargo de su María: “tienes que arreglar el piso que quedó pendiente la semana anterior; la puerta de la calle no ajusta bien, el bombillo del cuarto no prende, revisa la licuadora que hace mucho ruido, tienes que cambiar el empaque de la pluma del baño”. En fin, eran muchos los detalles a corregir. De esa lista de espera, alguno terminaba justo a tiempo para oír por radio el partido de su amado equipo Junior. A las cuatro de la tarde su acostumbrado arroz con pollo, después a charlar sentados en la puerta; algunas veces, visitar a alguien, generalmente un enfermo. En la noche veían su película del domingo por la TV y a la cama. Su reinado había acabado. Ahora la gran visir tomaba el mando nuevamente.

-Mijo, te hizo falta tejer el fondo de la mecedora que ya uno no se puede sentar en ella. Tampoco tapaste la gotera de la terraza. Mijo, la otra semana hay que pagar los recibos de luz y agua. Mijo…. ¡Víctor!
-Hummm.
-Mijo, ayer llegaste borracho y hoy por estar hablando con las muchachas, no te pregunté si hay hierro para esta semana…. ¡Víctor! ¿Hay hierro?
-Hum…. sí, sí. El ingeniero dijo que hay asegurado hierro para dos meses.
-Gracias a Dios mijo, porque entonces podemos pensar en sacar un TV a color nuevo. Esa llaga en blanco y negro ya no da más. Cada vez que va a empezar la telenovela, tengo que levantarlo a puño. Tú también podrías comprarte un radiecito nuevo, porque a ese se le va la voz cada vez que el Junior mete un gol. Víctor… ¡Víctor! Definitivamente el rey había sucumbido.

Las hojas del calendario fueron pasando inexorablemente. Hoy el cóndor del acero, o como el título de la canción vallenata “el cóndor herido” mira hacia atrás, o mejor, hacia arriba y recuerda con tristeza cómo gran parte de su vida, sus mejores años, los pasó en las alturas, poniendo la cara a las ráfagas de vientos y la espalda a los rayos solares de este trópico. Todos los controles de seguridad se dirigían a evitar una caída que solo tomaba fracciones de segundo para llegar un cuerpo al suelo, pero nadie le dijo nunca que desde el cielo caía un peligro mayor, que a pesar de viajar a la velocidad de la luz, tardaría años en mostrar sus efectos.

Muchas esperanzas, muchas intenciones se quedaron en el mundo de lo onírico, pero sus esfuerzos, su labor sigue ahí. Miles de varillas de hierro. Millones de vueltas de alambre darán testimonio por muchos años de un cóndor que volaba alto, muy alto, buscando la oportunidad de su vida y que hoy yace vencido, arrastrando sus alas en busca de un amparo de la seguridad social del estado.

FIN
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